Bendita crisis

Dentro de todos nosotros había dejado de resonar el eco de algunos términos, en algunos casos, hasta se habían borrado sus significados de nuestra mente, durante tiempos en que la derrota de la selección nacional en los deportes del esférico era lo más decepcionante que llegaba a nuestros oídos. Eran tiempos de estabilidad económica, aparente estabilidad socio-política; el tufo de la crisis que ahora nos ahoga no era perceptible para el olfato de nuestros dirigentes, y oír hablar de capitalismo, desigualdad, dictadura de los mercados, sostenibilidad, estado del bienestar era cosa de unos cuantos chalados que reivindicaban reliquias que habían sido conseguidas hace ya mucho tiempo. La mano de la bonanza había corrido una cortina ante los ojos de todos nosotros, sobre todo los más jóvenes, que vivíamos en los algodones de un sistema basado en la globalización y el libre mercado, en nuestro país, apuntalado con los palillos del sector de la construcción. A nadie le preocupaba si el pdi, partido de la izquierda, o el pdd, partido de la derecha, hacían bien su trabajo, si el corrupto limaba de las cuentas públicas tantos millones de euros, a la abuela le congelaban la pensión, privatizaban ese hospital y aquella escuela, o los mercados se iban haciendo poco a poco con las riendas de la democracia en muchos países. Todo era un sueño, tanto se había conseguido a lo largo de generaciones…

En el año 2008, una crisis económica mundial empieza a sonar en todos los medios de comunicación: «créditos ficticios», «inflación», «crisis hipotecaria», «Lehman Brothers», «burbuja inmobiliaria», empiezan a instalarse en nuestras cabezas como el «buenos días» o «buenas noches». Muchas cosas tampoco las llegamos a comprender, pero empezamos a salir de nuestro letargo e interesarnos por los oscuros entresijos de este sistema económico que nos envuelve. Los años pasan sin que la situación mejore, las consecuencias recaen ya directamente sobre el pueblo, de entre el cual surgen algunos grupos agarrados a la realidad, indignados ante la situación, que preparan su voz para cuestionar cómo se consiguió lo que ahora se desvanece, a base de ajustes, mejor dicho, recortes ineficaces y antisociales. Otros simplemente hacen lo que, por inercia, una sociedad acomodada les ha enseñado: “No te preocupes, acomódate en tu sofá, ya hiciste todo lo que podías por la democracia, el voto es más que suficiente”. Los políticos tratan de defenderse con viejas artimañas, recurriendo a tiempos pasados, aludiendo a la herencia del otro, enzarzándose en discusiones con su adversario, quien debiera ser un aliado dispuesto a colaborar.

Las plazas han tomado, con palabras afiladas por sus armas, los más valientes defensores de la democracia, y piden con un grito indignado que nadie se resigne, que luchen todos por su presente y futuro. ¿Existe algo más reconfortante para una democracia? ¿De qué podrían estar más orgullosos sus acomodados defensores? Ahora todos saben que un conjunto de garantías sociales conforman el estado de bienestar, son para todo el mundo, porque hasta el más recompensado económicamente podría llegar un día a depender de ellas, las pagamos entre todos, incluso haciendo más esfuerzo los menos enriquecidos. Son, entre otras, la educación y la salud, para siempre, ojalá, universales y gratuitas; ¿quién no ha oído hablar ahora de desarrollo sostenible? Sí, ese que se compromete con el futuro, partiendo del hecho más evidente: el mundo cuenta con recursos limitados; ¿quién no ha visto caer a quien un día eligió un pueblo? Ahí tienes a Papandreou y Berlusconi derrocados por la dictadura de los mercados, esos imprevisibles lodos donde nadie osa intervenir, y sustituidos por gobiernos de tecnócratas, como si un conjunto de números fuera cada persona; ¿quién no se indigna cuando oye que las cuentas de una organización sin áni-mo de lucro tienen un agujero de un millón de euros? Efectiva-mente, «no hay pan para tanto chorizo»; y podría seguir con esta lista de elementos que la gente, por fin, va añadiendo a su conciencia, aunque de nada valga si permanecen pasivos.

Por todo eso, lo digo bien alto, ¡Gracias a la crisis!¡Gracias a este aviso!; que nos saca de una pesadilla, la de estar en un sueño, para entrar a formar parte de la realidad, una que a veces duele y nos trata sin piedad, pero que nos dice las cosas de frente, con claridad. Que ya nadie se quede ensimismado en los infinitos placeres del capital, tampoco es un sacrificio como el de portar una cruz descalzo, pero, desde luego, mucho más efectivo. Unámonos todos para cambiar las injusticias que nos rodean, ya seas el antiguo votante del pdi o del pdd, o el de más allá, tu participación activa en el sistema es necesaria, la sinergia del pueblo es su mejor aliada. Tómate la molestia de informarte sobre las propuestas de los distintos partidos, manifiéstate sin dudarlo cuando lo creas necesario, actúa en la red o en las calles, pero actúa.

Artículo escrito por: Miguel Villanueva

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