Aquí hay tomate

“La España de charanga y pandereta” decía Machado hace algo más de un siglo. Este verso puede adaptarse, para nuestra desgracia, a múltiples aspectos de nuestra vida: la política, la religión, selección de altos cargos de empresas,  universidades y un largo etcétera, funcionarios y su estilo de trabajo… ¿cuándo parar con esta lista? Daría para rellenar todos los casilleros de esta revista así que vamos a dejarlo. Ya me centro, perdón por este lapsus.
La España de charanga y pandereta es esa que pasa sus tardes viendo cómo diez sujetos conviven en una casa (si hay edroning mucho mejor, en la ducha: ¡estupendo!), cómo un conjunto de tertulianos se tiran los trastos a la cabeza y cuyo éxito depende de las vidas que hayan destrozado, de las drogas o el alcohol que hayan consumido, de sus antiguos maridos… en definitiva, de vender su vida.
La España de charanga y pandereta es esa que se pasa las horas muertas en el sofá de su casa observando la vida de los demás en vez de disfrutar de la propia. Esa España, no nos engañemos, no es únicamente un grupo de amas de casa cuarentonas que no tienen otra cosa mejor que hacer. Los programas de cotilleo, los reallity show que nos muestran las intimidades de sus concursantes cuyo único objetivo es ser degradados hasta límites insospechados son éxito de audiencia emisión tras emisión. Que se lo digan a la reputadísima periodista Mercedes Milá y a su 12+1 Gran Hermano. ¿Somos tan necios para creer que las únicas personas que ven estos programas son un grupo de señoras mayores? En absoluto, en esta feria participa “todo quisqui”.
El cotilleo es a España lo mismo que los toros, el sol, la fiesta, el vino… es intrínseco a nuestro carácter. Antes de que existieran las telivisiones, antes de la radio, de los periódicos, antes incluso de las obras de teatro por ahí en esa época que muchos tachan de oscura, ya se cotilleaba. Os sorprenderéis, pero se conservan cancioncillas, coplas que narran los amoríos de la gente del lugar, no con la crudeza de los programas de corazón actuales, y que vendrían a ser un Señor C en verso. De las coplas se pasa al teatro, de ahí a las tiras en revistas, en programas de radio y posteriormente de televisión… y aquí estamos. Quien más quien menos sabe algo de la Pantoja y el Cachuli, de su hijo Paquirrín, qué decir de la princesa del pueblo doña Belén Esteban y sus affaires con Jesulín. ¿Lydia Lozano y la hija de Romina y Albano? Já queridos, eso es ya para gente un poco más avezada en el tema.
Pero no os creáis que esto es una crítica a todos aquellos que secretamente ven día sí día también a los portentos de Mujeres, Hombres y viceversa. Quien más quien menos conoce algo del mundo de la farándula. Y es que señores, si existiese el deporte del cotilleo nos llevaríamos el oro de calle.
Lo de cotillear es algo ligado al ser español, y no hace falta irnos tan lejos. Que tire la primera piedra aquel alfonsino que al día siguiente de una de nuestras puras y castas fiestas no ha estado comentando con sus amigos las novedades de la noche. ¿Quién no comenta los líos y los no líos que van surgiendo a lo largo del curso universitario? Todos lo hacemos: desde el novato más novato hasta las cúpulas más altas de la dirección de esta nuestra residencia. Y es que lo de cotillear es un estilo de vida, es un placer que en época de vacas flacas nos libera de nuestro estrés diario.
Pero, ¿dónde está el límite?
Los tutores de revista han decidido recientemente hacer una encuesta en la web de revista (www.octavaplanta.es). Sí, me pagan por hacer publicidad, sobre quitar o no la tan aclamada sección.
Es ya una tradición para muchos abrir la revista y buscar desesperadamente en qué lugar de la revista habrán escondido esta vez la sección de cotilleos. Una sección totalmente anónima donde quien la escribe decide qué poner o dejar de poner sobre la vida residencial y, sobre todo, cómo ponerlo. Generalmente se trata de una sección con humor y mucha ironía, pero hay veces que ciertos comentarios pueden resultar hirientes.
Entiendo en parte las ganas de leer el Señor C, es gracioso, ves cómo se cuentan los cotilleos que la mayor parte de nosotros ya sabemos, descubrir nuevos, tratar de adivinar quién se esconde tras motes tan… tan… ingeniosos y soy la primera que lo lee.
Lo que ya no es tan normal es que únicamente los residentes se interesen por esta sección después de todo el trabajo que conlleva el sacar adelante la revista. Que se lo pregunten a Rodrigo y Alejandro y a los residentes que bajan para ayudar a maquetar, corregir, introducir cambios… todas esas ayudas que hacen que las revistas lleguen a las manos de todos los alfonsinos y que la mayoría de los residentes desconocen.
De nuevo, ¿dónde está el límite? ¿Es justo que una persona se dedique a poner en una sección las relaciones que hay en la residencia (y que en realidad todos ya sabemos) para que de nuevo todos los alfonsinos lo comenten?
Igual dentro de poco en Octava Planta el tema central girará en torno a las relaciones amorosas en el Alfonso, eso sí, con fotos a todo color y suculentas exclusivas, porque en el fondo no nos diferenciamos tanto del Hola o de Sálvame Deluxe.
No estoy tratando de decir que debemos convertirnos en eruditos que ven todas las tardes los documentales de “la 2”. A todos nos gusta comentar las últimas novedades, intercambiar información… en realidad es un acto social más. Pero de nuevo, ¿dónde está el límite? Ahora mismo no hay ninguno, todo se permite en la España de charanga y pandereta.

Artículo escrito por: María Abad

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