Biomasa, alternativa energética a considerar

La RAE define la biomasa como aquella materia orgánica originada en un proceso biológico, espontáneo o provocado, utilizable como fuente de energía.

De la astilla al hueso de aceituna
La heterogeneidad de recursos aprovechables es una de las principales características de los sistemas de producción de energía asociados a la biomasa. Ello aumenta su complejidad, ya que cada proyecto necesita análisis específicos de disponibilidad, extracción, transporte y distribución. De hecho, la forma de extraer y utilizar como combustible los restos de una actividad forestal es distinta al uso de los residuos de una industria forestal o al aprovechamiento energético de la cáscara de almendra.
Según de donde provenga la biomasa podemos hacer una pequeña clasificación:
Residuos forestales que se obtienen principalmente de la limpieza, poda y corta de montes y pueden utilizarse para usos energéticos dadas sus magníficas características como combustibles.
Residuos agrícolas que pueden ser leñosos o herbáceos. Los primeros se obtienen de la poda de olivos, viñedos y árboles frutales esencialmente, mientras que los herbáceos se obtienen durante la cosecha de algunos cultivos como los cereales (paja) o el maíz. En ambos casos, la disponibilidad del recurso depende de la época de recolección y de la variación de la producción agrícola.
Residuos de industrias forestales y agrícolas: las astillas, las cortezas, el serrín o los huesos de aceitunas son parte de los biocombustibles procedentes de estas industrias. En estos casos la disponibilidad se debe a las variaciones de la actividad industrial que los genera.
Por último existen cultivos energéticos que consisten en el sembrado de especies vegetales destinadas específicamente a la producción de biomasa para su uso energético.
La biomasa, como tal, se utiliza como fuente de energía para producir calor o en su defecto electricidad, aunque esta última está mucho menos desarrollada.
La producción térmica sigue una escala de usos que comienza en las calderas o estufas individuales utilizadas tradicionalmente en los hogares. En un segundo nivel nos encontramos con las calderas diseñadas para un bloque o edificio de viviendas. Debido a la necesidad de disponer de un lugar amplio y seco para el almacenamiento del biocombustible este tipo de instalaciones pueden tener problemas en edificios con salas de calderas pequeñas y poco espacio aprovechable. En cambio son una buena solución, tanto económica como medioambiental, para edificios de nueva construcción. El tercer nivel lo constituyen las redes de calefacción centralizada. La red de calor y agua caliente llega no sólo a urbanizaciones y otras viviendas residenciales sino también a edificios públicos, centros deportivos, complejos comerciales… Dadas las características de nuestro país, en España están iniciándose las primeras redes de climatización centralizada alimentadas con biomasa. Por último, los consumos térmicos de determinadas industrias también son abastecidos por calderas de biomasa.
La producción de electricidad precisa de sistemas aún más complejos. La gran demanda de combustible de las plantas de producción de energía eléctrica a partir de biomasa obliga a asegurar un abastecimiento contínuo, lo que encarece su precio por la distancia a la que se debe buscar el suministro, aunque también puede reducirlo al adquirir grandes cantidades.

Propiedades para su uso
Los procesos de extracción y transformación de los combustibles derivados de la biomasa son tan variados como las características de cada uno de ellos. En general, los que requieren sistemas más complejos son los residuos derivados de las actividades forestales y agrícolas, y entre éstas últimas, los de cultivos leñosos.
Una vez obtenido el biocombustible resulta esencial seguir unas normas específicas para su caracterización, exigible no sólo por las diferencias entre ellos sino también con los combustibles de origen fósil (carbón, coque, gas natural, petróleo). En AENOR, por ejemplo, existe un comité técnico dedicado a la elaboración y publicación de normas que permitan caracterizar los biocombustibles sólidos españoles.
Una de las principales características de un biocombustible sólido es su poder calorífico, tanto superior como inferior. El poder calorífico superior (PCS) se define como la energía liberada cuando una masa unitaria de biocombustible se quema con oxígeno en una bomba calorimétrica en condiciones normalizadas. Este PCS, obtenido en laboratorios especializados, permite conocer la energía contenida en la biomasa estudiada incluyendo aquella que se consumirá en evaporar el agua producida en la combustión. Sin embargo, la energía realmente aprovechable es aquella que se obtiene una vez evaporada el agua producida en la combustión. A esta energía se la denomina poder calorífico inferior (PCI).
Una vez caracterizado el combustible puede utilizarse siguiendo distintos procesos. El más común es la combustión de la biomasa para producción de energía, que también presenta sus particularidades dependiendo de si se realiza en el ámbito doméstico y residencial, en las industrias productoras del residuo o en centrales térmicas exclusivas. La gran diferencia radica en el uso final de la energía producida, ya que el sistema variará si se trata de aplicaciones térmicas o eléctricas.

Consideraciones económicas
En general, los costes de inversión para instalaciones de biomasa son superiores a sus homólogos para instalaciones de combustibles convencionales. Esto se debe, no sólo a la falta de desarrollo de sistemas de producción en serie para algunos componentes, sino que también influyen las características especiales requeridas por los equipos para poder utilizar biomasa de forma eficiente.
La principal componente de los costes de explotación en este tipo de instalaciones es la compra de la biomasa. Los costes debidos al suministro de la biomasa varían según la cantidad demandada, la distancia de transporte y los posibles tratamientos para mejorar su calidad, como el secado o el astillado. A ello hay que añadir la disponibilidad del combustible, su estacionalidad y la variación de los precios, íntimamente ligados al comportamiento de las cosechas, en el caso de residuos agrícolas y de la industria agroalimentaria.
Por otra parte, los cultivos energéticos pueden suponer una solución a la reconversión de ciertos cultivos tradicionales de la agricultura española que han perdido rentabilidad, como, por ejemplo, el tabaco.
En nuestra opinión, nos encontramos ante una nueva fuente de energía renovable cuyo desarrollo debe ser fomentado. Además, con ello conseguiríamos una disminución de las emisiones de dióxido de carbono, una reducción del impacto ambiental y un impulso de innovación y desarrollo tecnológico que tanta falta hace en España.

Artículo escrito por: Diana Sánchez

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