Mumford & Sons

El pasado 9 de diciembre salían a la venta las entradas para el que iba a ser uno de los conciertos más esperados: 20 y 21 de marzo, los ingleses Mumford and Sons venían a Barcelona y a Madrid como parte de su gira por toda Europa.
Antes de que se acabara el día, las entradas para ambos eventos estaban agotadas. Por suerte para aquel que no anduvo rápido o no se había enterado, en enero ampliaron la capacidad del evento y vendieron más entradas.
Y por fin llegó. Parecía mentira que después de meses esperando hubiese llegado el 21 de marzo. Y allí estábamos, viendo como brillaba el letrero del Palacio Vistalegre de Madrid.
He de decir que había escuchado tantas veces y desde hacía tanto tiempo a este grupo (incluso antes de que todo el mundo los conocieran y para mi perdieran un poquito su encanto)… y su música me llegaba tanto, que se había convertido en uno de mis grupos preferidos. Y lo siguen siendo. Por eso no me podía creer que hubiera llegado el momento, y estuviera allí delante, a pocos minutos de poder verlos en directo.
Ríos y ríos de gente iban subiendo las escaleras que llevaban hacia el control previo que nos permitía acceder al interior.
Una vez dentro, entrada en una mano y cerveza en la otra, nos logramos posicionar en las gradas. Hay que señalar que, si mirabas hacia la pista, había un vacío enorme. Cabía mucha más gente de la que había. Pero claro, después del episodio de Madrid Arena, todas las medidas son pocas…
Sin embargo, eso era lo de menos. El ambiente que se respiraba era impresionante. Miles de personas enfrente de un escenario en el que, de pronto, se apagaron las luces.
Todos empezamos a gritar. Multitud de móviles iluminaban la sala. De repente se hizo la luz. Hileras de bombillas colgaban desde la mitad del techo hacia el escenario, como si del videoclip de I will wait se tratase. Mumford and Sons salieron al escenario, cogieron sus instrumentos y con los primeros rasgueos de guitarra que daban la entrada a Babel, todos enloquecimos. Babel, Whispers in the dark, Holland Road, I will wait, Lover of the light, The Cave, White Blank Page…
“¡Esto es una fiesta!” gritaba Marcus Mumford de vez en cuando (aunque probablemente fuera lo único que sabía decir en español…) Pero no se equivocaba. Era un no parar. Canción tras canción fueron repasando sus dos discos, sin paradas, sin descansos. El momento estelar fue en el que sonó Little Lion Man, probablemente el tema más importante de toda su discografía.
Hora y media de concierto. Con la puntualidad británica que les caracteriza y tras una versión de Bruce Springsteen en la que colaboraron los teloneros, las luces se encendieron. Ellos se fueron y comenzaron a subir operarios que empezaron a desmontar el escenario.
No daba tiempo a asimilarlo. Personalmente ni siquiera me enteré de que nos dijeran adiós…
¡Todavía faltaban muchos temas de ambos discos por tocar!
Creo que la mayoría salimos con una sensación como si nos hubieran dejado la miel en los labios… Pero a pesar de ello, hay que decir que son sublimes en concierto. Aquella noche fue una auténtica fiesta. Entre tanta gente, yo bajaba las escaleras hacia la salida volviendo a cantar todas las canciones y, para variar, afónica de todo lo que había gritado en el concierto.
Puede que no hubieran cantado todas sus canciones o que pu diese haber durado algo más pero, sin duda, fue uno de los mejores conciertos a los que he ido en mi vida.

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