Rutina universitaria Alfonso VIII

Casi cuesta creer que “solo” haga tres años y medio que llegamos a la resi. Más aún me cuesta imaginar una forma mejor de empezar tu etapa universitaria que pasando cinco semanas (sí, cinco, llorones de tercero para abajo) “sufriendo” novatadas con decenas de chicos y chicas que están exactamente igual que tú: son de fuera, van a estudiar una carrera que no saben si les gustará y no conocen a nadie, salvo algún conocido despistado. Pasan esas semanas, te alegras de estar en igualdad con el resto de residentes, que te recuerdan que más pronto que tarde echarás de menos haber sido novato, y asientes y sonríes, dándoles la razón como a los tontos.
Tras más o menos fiestas, horas en la biblioteca, nuevos amigos, chicas, exámenes superados, compañeros de clase, comida marca Alteza y demás experiencias que te hacen desear que el verano se pase volando. Por fin vuelves a tu amada residencia, a tu querida habitación, a tu añorada almohada. Y ya no eres el pardillo que se pasaba los lunes subiendo cervezas del Molonio, sino que ahora puede que hasta te las traigan a ti, si no te ven dar órdenes los verdaderos veteranos. De un modo u otro, acabas novateando como el que más, haciendo nuevos amigos entre los recién llegados, y pensando que te vas a pasar toda la carrera viviendo en la residencia, el mejor sitio en el que has estado con diferencia.
Este camino es el que prácticamente todos hemos seguido e imagino que así seguirá siendo mucho tiempo. A partir de entonces, dos caminos: el primero pasa por darte cuenta de que todos los años van a ser iguales, con las mismas fiestas, gente, largas épocas de estudio, novatos que cada vez te interesan menos… Aunque parecía imposible, la residencia se ha convertido en rutina. No nos engañemos, una buena rutina, pues sigues alegrándote de vivir con tus amigos, tener siempre con quién hacer algo, la ilusión (más o menos pero siempre está) de las fechas señaladas en el calendario alfonsino… pero rutina, al fin y al cabo. Y te cansas.
El otro y mejor camino, consiste en darte cuenta de que estás en una rutina genial. No siempre vas a vivir con todo un grupo de amigos separados solo por un ascensor como mucho. No siempre vas a poder simplemente bajar a la Delibes para poder salir y estar con la gente. No siempre vas a poder jugar un partido día sí día también, porque malo será que no saques gente para jugarlo de las más de doscientas personas de la residencia. No siempre vas a poder subir a ver a tu novia cuando quieras. Todo eso se acabará más pronto que tarde y tonto serías si no lo aprovechases.
No hay duda de que la más fácil es la primera opción, en la que sin darme cuenta acabo cayendo una vez tras otra. Pero siempre aparece alguien para recordarte la segunda opción, y tomarla por un rato lo suficientemente largo para darte cuenta de que la rutina en la que vives no es tal. Claro que hay mucho mundo más allá de la residencia, pero en el viaje hay que disfrutar de las vistas, aunque sean tras los barrotes (literalmente) de una ventana del primero.

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