Sexo en Nueva York

No recuerdo si fue en la HBO, en Cosmopolitan TV o en Divinity pero hace relativamente poco llegué a casa por la noche y estaban emitiendo Sexo en Nueva York. En ese momento me levanté, me tomé una tila, un sedante, Prozac y otras cosas que no puedo recordar porque sabía que la irritación que me produce Carrie Bradshaw me tendría comiendo techo toda la noche.
Este 2014 se cumplen 10 años desde que se emitiera el último capítulo de esta hilarante serie. Para ponernos en contexto, las protagonistas de la serie son cuatro mujeres que están entre los 30 y los 40 años pero ellas no lo saben.
Solo ver su ajetreada vida social puede llegar a provocar un cansancio y una pereza empáticas y desmesuradas. Todas son económicamente independientes y, además, gozan de una posición acomodada y desahogada, esto sí lo saben, al menos Carrie, la protagonista, porque no para de comprarse zapatos, y de los caros, no de los de Marypaz.
Hasta ahora tenemos cócteles y atuendos extravagantes y caros pero hay mucho más. Esta comedia de situación trata principalmente sobre la vida sentimental y sexual de las cuatro amigas. Perdón, quiero hacer una corrección para adecuarme más a la realidad, de tres amigas y Carrie. Carriecentrismo, nuevo término que me acabo de inventar pero que define a la perfección las relaciones de la serie, algo que también acabo de decidir ahora. Daba igual que una amiga sufriera cáncer, que otra perdiese el empleo, se separase o se quedase embarazada. Lo importante aquí es el ombligo de Carrie, sus zapatos caros y que pueda acostarse con el galán de turno.
Aquí hay una doble vertiente temática, cuando Carrie está decidiendo si acostarse con ese hombre de buen semblante y cuando lo ha hecho y hay que escucharla con los ojos expectantes, sonrisa cómplice, asintiendo y con las manos preparadas para aplaudir y aclamar con vítores cuando acabe su relato. En ocasiones se añaden serpentinas, globos y un cartel en el que pone “més que un club”.
El asunto es que muchas veces me he quedado embobada mirando la serie y no puedo criticarla exageradamente. Goza de descaro, osadía y aunque no es la serie más deslenguada del mundo sí supuso un paso adelante en las comedias sobre mujeres y sexo. Pero insiste en presentar a los personajes como referentes de todo lo que debe lograr o proponerse una fémina en cuanto a condición social y relaciones personales. Cuando en realidad, las protagonistas son estereotipadas, un cliché, un molde. No debería mostrarse como una serie adalid de la libertad femenina cuando el triunfo existencial, según lo que transmite, consiste en casarse con un rico muy rico o acostarse con él o formar una familia pero que, en resumen, hagas lo que hagas ten una bragueta a mano.
Realmente gustan más los otros tres personajes que la egocéntrica e insufrible Carrie, son esos polos opuestos los que aportan consistencia.
En realidad, no es su falsa naturalidad, ni sus aires de diva y su prepotencia lo que me causan aversión. En realidad es que le tengo envidia porque ella escribe desde su pisito de soltera (comprado con su sueldo de colaboradora en una revista, ojo al dato, que le den el Nobel de Economía a esta señora ya, lo pido), acomodada en la cama con glamour, con unos Manolo Blahnik descansando en su moqueta de lujo y escribiendo sobre lo duro que es saber tomar cócteles en fiestas y además ligar.
Mientras, yo lo hago al estilo Kurt Cobain el día de su boda, en pijama, y con la cara de Tom Hanks en Naúfrago, qué falta de todo.

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