DE NUEVO EN CORCOS

Como ya parece ser tradición por su gran aceptación en la residencia, el pasado 2 de noviembre, con todavía los estragos tras el puente por el día de todos los santos, 15 valientes y privilegiados residentes viajamos hasta Corcos del Valle (a unos 20 kilómetros de Valladolid) para recibir un breve, pero intenso curso de extinción de incendios recomendado por otros compañeros que años atrás habían podido disfrutar.
A las 8, mejor dicho, a las 8:15 porque a alguno se le pegaron las sabanas, salimos de la resi a ver si allí entrábamos un poco en calor, que a esas horas el frío se notaba. Nada más llegar y después de que nos invitaran a desayunar, cosa que se agradeció, comenzó el curso con una charla a cargo del bombero instructor que nos acompañaría durante toda la mañana. Aunque a priori la parte teórica podía sonar aburrida, nada más lejos de la realidad, nuestro amigo instructor, y digo amigo porque durante todo el curso se mostró muy cercano a nosotros, contándonos sus vivencias (alguna más agradable que otra´, todo hay que decirlo) y bromeando en todo momento. Hablamos sobre lo que es el fuego, un incendio y las maneras que tenemos para apagarlo atacan­do a los elementos que se necesitan para que exista (combustible, comburente, energía de activación…) Todo esto acompañado de ejemplos, vídeos y experimentos que contribuyeron a hacerlo más ameno y que estuviéramos pendientes en todo momento (para no salir achicharrados principalmente).
Tras un par de explosiones para ver cómo interactúan el fuego y el gas (no recomiendo probarlo en casa) y un almuerzo que de nuevo sentó muy bien, comenzó la acción. Nos enfundamos un mono y una chaqueta de bombero que, junto con el casco y las botas, completaron el atuendo para la ocasión y salimos a la calle. Con el extintor en mano, uno por uno aprendimos a usarlos sobre un par de estructuras en llamas, pero eso solo era el calentamiento, lo bueno llegó cuando, por parejas, nos teníamos que meter a una especie de habitaciones donde no sabíamos en que sitio estaba el fuego. Por suerte, nadie salió mal parado y no se nos resistió ninguno. También sentimos en nuestras propias carnes la sensación que da estar en medio de un incendio con un calor insoportable que te obligaba a tirarte al suelo para no caerte redondo en el sitio. Y sin casi darnos cuenta, llegó la hora de regre­sar a la resi con la lección bien aprendida y una experiencia nueva.
Si al año que viene vuelve a salir esta actividad, la recomiendo totalmente. Además de pasar un rato divertido y poder hacerte un par de fotos vestido de bombero, es una oportunidad única para poder aprender y usar un extintor (para apagar un fuego obvi­amente), que nunca se sabe cuando puede hacer falta, además de saber un poco más de los incendios y el trabajo que desem­peñan los bomberos.

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