EL ORIGEN DE LA TAUROMAQUIA

En las siguientes líneas se explica, de la forma más objeti­va que un antitaurino declarado puede escribir, cuál fue el ori­gen de la tradición española más conocida a nivel mundial, el toreo.

Tauromaquia es una palabra que deriva del griego y que significa, literalmente, toro y lucha. Lo cierto es que los propios historiadores no se ponen de acuerdo sobre el origen de esta tradición, tan arraigada y polemizada en España.

Una de las corrientes considera que el primer antecedente histórico se encuentra en la caza de uros, un bóvido extinto en el siglo XVII muy similar al toro, pero de mayor tamaño. Dicha caza se realizaba ya en el paleolítico, conservándose pinturas rupestres en España que lo confirman. Se considera un antecedente porque para la caza de este animal, dado su tamaño, se requería más destreza y habilidad que fuerza físi­ca, como en el toreo. No obstante, no es este el antecedente con mayor crédito entre los historiadores.

Las fuentes señalan que el origen más cierto o probable de la tauromaquia es, aunque igualmente antiguo, más reciente. Concretamente, lo sitúan en los últimos y decadentes años del Imperio Romano. Los toros participaban en las denominadas venerationes, que se realizaban en el Coliseo de Roma y consistían en espectáculos brutales en los que, entre otras prácti­cas, se hacía combatir animales entre sí y hombres entre sí, además de arrojar mujeres y hombres a las fieras como casti­go deshonroso. La finalidad era clara, divertir y entretener al pueblo para mantenerlo alejado de los problemas que acucia­ban en Roma, especialmente la alta desocupación, evitando manifestaciones que reclamaran derechos políticos, un repar­to más justo de la propiedad y, en última instancia, los distur­bios. Es de destacar, además, que el espectáculo era gratuito, de modo que hasta las clases más bajas podían acudir al mismo, facilitando la consecución de estos objetivos.

En las venerationes se utilizaban animales muy diversos, entre ellos los toros. Se dice que un bestiarrii (esclavo luchador de bestias) llamado Karpóforo se convirtió en un famoso mata­dor de toros en Roma por utilizar una tela roja para llamar la atención del toro (el antecedente del capote y la muleta) y combatirlos con una espada y un escudo. Los bestiarrii que salían vivos de la arena eran aclamados por el pueblo y objeto de admiración. Todo lo anterior, incluida la finalidad de “distracción” del pueblo, guarda, si hacemos el paralelismo, gran similitud con el toreo actual, con lo que podemos considerarlo un preludio bastante verídico de lo que serían posteriormente las corridas de toros.

Dado que Hispania estaba ocupada por los romanos, esta práctica se trasladó rápidamente a los anfiteatros de Mérida, Tarragona, etc donde la actividad se hizo muy popular y se generalizó con los años.

Durante la estancia en la Península de los reinos godos, el espectáculo fue evolucionando hasta consistir en la liberación de toros en una plaza a fin de que los nobles del lugar los abatieran. La finalidad era distinta, demostrar el poderío del noble de turno para que los campesinos se sintieran bien pro­tegidos y, al tiempo, temieran a su señor. Como podéis obser­var, y es algo que sí he de reconocer al toreo, es una tradición milenaria en nuestro país.

Fue durante la Reconquista, y la formación de los reinos cristianos cuando este “arte” dió los primeros pasos a configu­ rarse como hoy lo conocemos, y es que era normal que se celebraran corridas de toros en las ceremonias de los matri­ monios, coronaciones de reyes, etc. Los reyes y nobles pelea­ ban al toro a caballo, los plebeyos a pie. Se podría decir que el toreo tuvo su auge durante la Edad Media, alcanzando su plenitud con la dinastía de los Austrias.

Un hito muy importante que cambiaría el toreo para siem­pre sería la llegada al trono español de la dinastía borbónica a comienzos del siglo XVIII. Hasta entonces, seguía siendo común que la nobleza participara en las corridas de toros, montada a caballo y armada con lanzas. Sin embargo, en la coronación de Felipe V se celebraron varias corridas de toros, lo que no agradó al nuevo rey. Esto es porque Felipe provenía de la corte parisina, mucho más refinada que la española, y esta costumbre le pareció demasiado salvaje, impropia de hombres de alta cuna, afirmando que, además de cruel y bárbara, daba un mal ejemplo al pueblo.

En escasos años, la nobleza castellana accedió a las nuevas costumbres y actividades traídas por Felipe V, aban­donando el toreo, considerándolo una costumbre medieval e impropia de la época. Es entonces cuando termina de configu­rarse el toreo como lo conocemos hoy en día, como una batalla a pie entre el hombre y el toro, ya que pocos eran los plebeyos (que fueron los que continuaron la tradición) que podían permitirse el lujo de torear a caballo.

En definitiva, y en efecto, el toreo es una tradición con muchos siglos de historia a sus espaldas. No obstante, es necesario conocer los orígenes de este “arte” para valorar ante qué tipo de tradición nos encontramos. Es necesario analizar por qué se instauraron las corridas de toros en nuestro país y si en el presente no siguen, al menos en parte, cumpliendo su primitiva función.

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