REFUGIADOS

Podría enfocar todo en un plano europeo, recordando a Alemania en la grandísima depresión antes de la época hitleriana, a los ingleses, lo dura que fue la pérdida de las Trece Colonias o a Francia y el Terror con Robespierre. Pero este escrito no llegará tan lejos, quedará suspendido durante pocos minutos en jóvenes mentes de la meseta española. Parece que nadie rememora cómo antes de ayer los andrajosos españoles partían hacia Alemania, Argentina o Estados Unidos con el fin de llevarse un pedazo de pan a la boca en los tiempos de la dura Postguerra. No estoy hablando ni de buenos ni de malos. No hablo de bandos, ni nacionales ni republicanos. No hablo de ideologías. Hablo del hambre y de las personas.

Según ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, 1 de cada 113 personas en este mundo es solicitante de asilo. En el año 2015, 65’3 millones de personas se encontraban desplazadas, 24 personas por minuto; mientras que en el año 2005 no se superaba la cifra de los 6 por minuto. Ha sido la primera vez en la historia que hemos superado la barrera de los 60 millones. ¡FELICIDADES HUMANIDAD!

Parece mentira que algún día estas cifras vayan a ser úni­camente un punto crítico de la historia resumido, a lo sumo, en tres caras del libro de texto de algún escolar. Porque eso es lo que hacemos con el dolor, lo desnaturalizamos, lo convertimos en frías cifras impactantes al primer grito, pero que quedan reducidos a sutiles ecos con el paso del tiempo. Actuamos así aún sabiendo que el sufrimiento desencadenado es incalculable. El día que las lágrimas derramadas sean tan importantes como el número de personas habremos aprendido que lo impor­tante no es sacudir las conciencias durante cinco minutos, sino movilizarse.

El problema radica en dos puntos: aprendemos demasiado tarde en esta vida y a la vez que nos sorprendemos a nosotros mismos siendo incapaces de transmitírselo a los demás, encon­tramos a nuestros “alumnos” sin ninguna intención de aprender. Quizás alguien pueda pensar que nuestra vida es demasiado corta, pero no, los cortos somos nosotros y si tuviésemos más tiempo sólo la “cagaríamos” más. Vivimos 75 años de media.

¿Qué más queremos? ¿Cuántas veces has hablado sobre los refugiados tú, lector? ¿En cuántas colectas para enviar comida y ropa a los campos de refugiados has participado, bien como voluntario o donante?

El ser humano aprende por imitación. Desde pequeños vemos a los adultos preocupados hablando de “temas importantes”, arreglando el mundo sin resolver nada a base de discu­siones en la terraza de un bar. ¿Qué se podía esperar de nosotros además de la misma pasividad que demuestran ellos? Ni siquiera tiene sentido culpar a la “horrible sociedad manipu­ladora en la que vivimos” porque… ¿A que no adivináis? Nosotros somos esa “horrible sociedad manipuladora en la que vivimos”.

Estamos tan defraudados con el sistema educativo, el sis­tema electoral y el sistema judicial, ¡incluso con el sistema métri­co!, que nos acomodamos en las quejas y en las preocupa­ciones, en lugar de habituarnos a las ocupaciones. Esto no puede acabar bien. Necesitamos empuje para resolver nuestros problemas, pero no lo haremos hasta que volvamos a ser los andrajosos españoles obligados a un éxodo masivo, con desti­nos en los que probablemente nos tratarán igual o peor de lo que nosotros nos comportamos con los actuales refugiados.

Son personas con nombres, apellidos, casa, recuerdos, hambre y frío. Si todos hiciésemos un esfuerzo e intentásemos ayudar, ¿No creéis que España estaría “capacitada para ayu­dar” a más del doble de personas con un coste mucho menor y que con el dinero que se ahorraría el gobierno podría mandar ayuda directamente a Siria, donde está el origen del circo mundial que se ha montado?

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