SOBERBIA

La triste verdad es que vivimos en una sociedad que nos enseña a respetar a los demás,sí, no han entendido mal. Es ciertamente penoso. El comportamiento de un niño que prefiere el beneficio ajeno antes que el propio está muy aceptado, mien­tras que la más mínima muestra de egoísmo degrada al mismo sujeto a los ojos del resto del mundo. Nos enseñan a compartir, a no perder los papeles, a “ser educados”, desde nuestra más tierna infancia nos indican qué comportamientos están radical­ mente bien y radicalmente mal. Sobra decir que los compor­tamientos que están radicalmente bien son los que beneficiarán a los demás, que son, curiosamente, quienes nos instruyen en esas prácticas. El egoísmo es el motivo por el que nos impulsan a negar aquello que a todas luces gritan nuestros instintos. Se trata de una codicia velada, presente como el telón de fondo en, como diría Woody Allen, “la comedia escrita por un sádico” que es la vida. La sociedad instala airbags en cada uno de sus indi­viduos, para que salten con cada pequeño impacto detectable al realizar un sondeo general.

Como consecuencia, el reconocer sentimientos en nosotros mismos que nos guían hacia la práctica de comportamientos que están “radicalmente mal” distorsiona la imagen que deberíamos tener de nuestra persona, como ser complejo, polifacético y necesitado de atenciones, reemplazándola por una demonizada actitud “radicalmente mala”, transformándonos a nuestros propios ojos en seres “radicalmente malos”. Por lo tanto, al ser nosotros plenamente conscientes de nuestros deseos y de lo “radicalmente malos” que creemos sabernos, nos rechazamos a nosotros mismos y de ahí, nuestra infelici­dad, cuando en realidad no existen ni bien y ni mal como tales, sino una percepción humana muy limitada de lo perjudicial y beneficioso.

Me gustaría aquí hacer un inciso para definir la infelicidad como la negación de la felicidad y a la vez concretar que la feli­ cidad no es de ningún modo placer. El placer es algo muy pun­tual y pasajero. La felicidad podría explicarse mejor con una visión más global. La felicidad de un individuo consiste en estar de acuerdo con la manera en la que ha enfocado su propia vida. De tal modo que al considerarnos “radicalmente malos” no nos sentimos cómodos con nuestras vidas y somos infelices.

¿Cuál es la solución a nuestro problema? La soberbia.

Definida por la RAE como “altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros”, no podemos obviar la connotación nega­ tiva que trae consigo este sustantivo, debido a que, como habría dicho Nietzsche, se opone a la cultura de la continua ascensión de los valores plebeyos.

La soberbia se considera un exceso de autoestima que puede incluso llegar a afectar a nuestras relaciones personales por falta de empatía. Ahora yo pregunto ¿siempre que se es soberbio se llega a esos extremos? En este, nuestro pequeño universo occidental en el que impera la ley del exceso, la misma sociedad que lo fomenta, lo ataca. El mismo individuo que lo practica, lo condena. Todo depende del exceso del que se trate. Resulta muy curioso que cada indicio de aquello que no con­venga a la sociedad, sino al individuo, se considere una exageración. ¿Son los soberbios, los apetitosos por ser preferi­dos a otros, radicalmente malos o simplemente tienen la autoestima que por naturaleza debería tener todo ser humano sin inhibiciones programadas? ¿Son déspotas o la resistencia?.

 

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