Un bocado de hipocresía

La guerra ha obligado a numerosas familias a escapar, a duras penas, de los escombros que una vez fueron el hogar que les resguardaba del peligro, atemorizados de la tierra donde se sentían seguros. No obstante, han tenido el golpe de suerte de encontrarse con nuestra más humilde gentileza: mandamos ayudas para alimentarlos, e incluso voluntarios que se desviven por aportar soporte médico. ¿Se puede ser mejor personas?

Nuestra bondad nos hace llevar a cabo gestos altruistas que pueden dejarnos atónitos a nosotros mismos, aunque nunca nos planteamos hasta dónde puede llegar ésta. Existe un límite, un límite que es completamente infranqueable: nosotros mis­ mos. Nuestra persona es la verdad última de lo que todo radica, somos los protagonistas de una película que es nuestra vida, nadie tiene más importancia que el papel principal, jamás haríamos algo que nos pudiera relegar de nuestro puesto ¿Qué ocurre al sugerir a la población traer esas personas cuya rele­vancia sobre nuestra figura es insignificante hasta aquí, hasta nuestros países “desarrollados”? Rechazo. Un rechazo que nada tiene que ver con arrepentimiento de nuestras buenas acciones pasadas, sino del motor que nos mueve a cada uno de nosotros en nuestra sociedad, la hipocresía.

La hipocresía permanece escondida bajo un frágil velo de falsa gentileza, fácilmente perceptible donde quiera que se ponga atención si se es capaz de eludir esa delgada capa de “dulces falacias” y buscar la verdadera intención. ¿No son acaso “querer a todos como hermanos” palabras de amor? Palabras manchadas por la sangre derramada de personas perseguidas por la única razón de seguir ese mensaje de forma diferente o por aquellos que se diferencian de nuestro concepto de persona normal en la mera apariencia física, así como de unas creencias que, supuestamente, son solo actos de fé que cada uno elige creer o no viviendo en una generación que, supuestamente, ha crecido en los brazos de la aceptación. Esas heridas, son las que produce la hipocresía. 

Entonces, ¿por qué alimentamos a estos pobres indefen­ sos? ¿Es acaso esa sensación que nos mueve a llevar a cabo buenas obras nada más que puro altruismo? O quizás, más bien lo empleamos como método para tratar de sentirnos mejor con nosotros mismos , para limpiar nuestra conciencia, para no ser juzgados de forma negativa por un entorno igualmente hipócri­ ta, una sociedad que da un pescado en vez de enseñar a pescar sabiendo que podría hacerlo, que aporta solamente soluciones temporales.

No hay mayor placer, nuestro Santo Grial que buscar, es el éxito y, en un mundo tan globalizado como el nuestro, para lograr nuestras principales meta, lo más frecuente es que sea necesario emigrar. Despreciamos e infravaloramos un país que no quiera a personal tan cualificado cómo podríamos estarlo nosotros simplemente por ser inmigrantes allí. ¿Alemania o Estados Unidos no quieren trabajadores de otros países desarrollados? Qué desfachatez, qué escándalo. Ahora bien, no nos resulta nada difícil mirar con deshonra, miedo e incluso con odio a personas que vienen a “invadir nuestro hogar”. Nadie piensa que, días pasados, esas personas eran familias iguales a las que viven en nuestro entorno más cercano, como la nues­tra propia. Que probablemente en otras condiciones, sus estu­dios les permitirían conseguir un empleo de relevancia y les recibiéramos con los brazos abiertos, pero, ¿cómo vamos a dejar pasar a desfavorecidos? ¿Qué queremos? ¿Que nos roben y nos quiten puestos de trabajo? Con lo digno y elegante que se ve desde fuera como un político lo hace.

En lugar de apoyarles, hacerles hueco, permitirles que dejen de vivir en una miseria que no se merecen, lo único que nos mueve es tratar de “ayudarles” económicamente, una ayuda que se ha pervertido convirtiéndose en una especie de puja en la que quien más paga se libra del lastre que conllevan. Además, no pasa nada, para quien se atreva a juzgarnos esta­ mos armados hasta los dientes con nuestra mejor excusa, podemos lavarnos las manos tranquilos, los culpables son los políticos y su corrupción. Nuestra mentalidad de enjambre nos permite sentirnos mucho más seguros, si todos nos manten­ emos callados y parece que no sobresalimos entre los demás siempre vamos a estar más protegidos, ¿quién va a refutar nuestra opinión si eso significaría quedar expuesto?

¿Existe la gente buena y completamente desinteresada? No voy a afirmar su completa extinción, pero quizás replantearse qué es lo que nos lleva a hacer cada uno de nuestros actos nos facilitaría la ardua tarea de descubrir quiénes somos nosotros mismos, ya que alimentamos a esas personas, pero ¿cuántos de ellos únicamente podrán llevarse a la boca un mero bocado de hipocresía?

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