SÍNDROME DE ESTOCOLMO

El 23 de agosto de 1973 en Estocolmo, Jan Erik Olsson entró en una sucursal del Kreditbanken, en el centro de la capital sueca, tomando como rehenes a cuatro persona, entre ellas Kristin Enmark. Olsson pidió la presencia inmediata del criminal Clark Olofsson, en esos momentos en prisión. Ante la sorpresa de todos, Kristin Enmark llegó a temer el rescate policial, puesto que se sentía más segura con los atracadores. El miedo inicial desarrollado hacia Olsson se vio relajado ante la complicidad desarrollada entre ella y Olofsson. Casi una semana después, la policía decidió gasearlos. Nadie resultó herido. Tanto Olsson como Olofsson fueron condenados y sentenciados, aunque más tarde se retiraron los cargos contra Olofsson, quien volvería a delinquir. Jan Olsson pasaría 10 años en prisión, saliendo totalmente rehabilitado. Durante todo el proceso judicial, los secuestrados se mostraron reticentes a testificar contra los que habían sido sus captores y aún hoy manifiestan que se sentían más aterrados por la policía que por los delincuentes. Este comportamiento inusual fue bautizado por el psiquiatra Nils Bejemor como “Síndrome de Estocolmo.” No obstante, los dos principales sistemas de clasificación de desórdenes psicopatológicos, el DSM de la Asociación Americana de Psiquiatría y el CIE de la Organización Mundial de la Salud, no reconocen el Síndrome de Estocolmo (SIES) como una enfermedad. No ha sido caracterizado nunca como un conjunto de signos y síntomas clínicos con entidad propia de modo que pueda llegar a constituir una categoría patológica determinante de diagnosis diferenciada. En ninguna de sus sucesivas versiones ni en las actuales lo han reconocido o incluido siquiera en la categoría de investigación. Su aparente inexistencia como trastorno identificable en los manuales diagnósticos ha motivado el desconocimiento, derivado de la marginación por parte de investigadores. Sin embargo, afortunadamente no ha pasado desapercibido ante todos los autores del campo psicoterapéutico, quienes lo han tenido en cuenta en diversas publicaciones, como Alonso­Fernández (1994), Strentz (1980), o Graham, Rawlings, Ihms, Latimer, Foliano, Thompson, Suttman, Farrington y Hacker (1995). Las dudas de los investigadores vienen estimuladas por la las bajas tasas de incidencia del síndrome. Este en un principio solo aparece durante secuestros (factor que disminuye el potencial número de casos) y no en todas las ocasiones. Las complicaciones para su estudio riguroso vendrían asimismo determinadas por la dificultad de observación clínica de los rehenes, quienes normalmente son diagnosticados con Trastorno de Estrés Postraumático (PTSD), a pesar de que presentan muestras evidentes de padecer el síndrome tales como un alto grado de identificación con sus captores, una paradójica adhesión a la misma causa que le ha mantenido bajo tortura o el rechazo a las autoridades, culpándolas de la situación en la que se encuentran. Para la aparición del SIES tienen que tener sucederse cuatro fases: desencadenante, reorientación, afrontamiento y adaptación. En la primera, tiene lugar el secuestro, el rehén ve destruido su marco espacio­temporal y comienza un bombardeo hormonal de cortisol, adrenalina y noradrenalina. Durante la segunda etapa, el bombardeo hormonal continúa, los periodos de calma y estrés se alternan mientras la víctima intenta recoger la mayor cantidad de información posible de su medio. Como consecuencia de la situación, sus medios de raciocinio se ven nublados.Durante la reorientación, el sujeto construye un nuevo marco espacio­temporal, intenta iniciarse en una actividad física o intelectual si se le permite. Se cronifica el estrés y la autoestima del sujeto depende de su capacidad para adivinar los movimientos del captor, al que percibe como una fuente de información. En la última fase, el individuo que se haya demasiado fragmentado psicológicamente, si no puede refugiarse en una parte de su universo afectivo para obtener la seguridad que le falta, recurrirá al foco del poder en su situación actual: el secuestrador. Lo que realmente diferencia al SIES del Trastorno de Estrés Post­traumático es que durante la fase de adaptación, el sujeto supera la indefensión aprendida (el comportamiento pasivo) para posicionarse a favor del marco que dibujan sus nuevos referentes. El sujeto se identifica con el agresor y en un protodelirio dirige sus mínimos recursos a la protección de su nuevo marco espacio­temporal, proyectando la culpa que siente debido a su indefensión hacia el exterior, fundamentalmente contra aquellos a los que el secuestrador (su principal referente) considera sus enemigos La posición del secuestrador también es complicada. No debe dar demasiada importancia a las necesidades del rehén para evitar que reaparezca la frontera de la identidad, pero debe estarle agradecido por no reclamar su atención crítica. Como consecuencia no es poco frecuente que el secuestrador experimente sentimientos positivos hacia la víctima, los cuales le llevan a incrementar gestos amables que aumentan “the small kindness perception”: una pequeña señal de amabilidad, una sonrisa, la entrega de comida, un comentario amistoso… Sobre todo durante las fases de afrontamiento y de adaptación. ¿Por qué resulta tan importante? Porque el germen del SIES se llama esperanza, que permanecerá viva según la voluntad del secuestrador. En el momento en el que haya comunicación habrá agradecimiento. No es aconsejable irritar al secuestrador, por tanto es necesario entenderlo. El rehén calcula las posibles reacciones del secuestrador. No es algo raro, en una conversación dialógica tenemos expectativas, pero en el SIES la víctima no puede cometer ningún error, por lo que no puede regresar de la perspectiva del SIES a la suya propia. El “Yo” del secuestrado se funde con el del secuestrador. Al fortalecer al secuestrador, el afectado se fortalece a sí mismo, a la vez que está a la expectativa de la reciprocidad, espera la liberación. Nos hallamos ante un mecanismo de reducción de estresores que intenta reequilibrar el marco de un trauma psicológico, por lo que no debería ser confundido con una mera identificación empática observada en una situación de riesgo donde puede generarse algún tipo de percepción compartida entre personas sanas.SINDROME DE ESTOCOLMO

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