Y llegados a este punto, mi despedida

La verdad es que podría escribir sobre lo feliz que he sido estos años, sobre todos mis amigos y todas mis anécdotas, sobre mi primer día, sobre toda esta trayectoria. Como todos los que he leído. Pero no, lo que me gustaría es hacer un recorrido sobre mis tres semanas culturales en la residencia. ¿Por qué? ¿Por qué no sobre mis tres viajes? ¿Mis tres jornadas de integración? ¿Mis dos y media semanas de decoración de pasillos? Pues por dos razones. La primera es que, con ella tan cercana y presente, con los sentimientos a flor de piel, se me antoja más fácil y emotiva. La segunda, es que creo que en esta semana se puede resumir prácticamente todo el año. Como aquellas fiestas de fin de campamentos, en las que recordabas con lágrimas los quince días, firmabas camisetas y apuntabas messengers para mantener esa amistad para siempre (o al menos para el resto del verano).
Así es la semana cultural, con su día del deporte en el que uno dice, “pelillos a la mar” y se apunta a jugar al volley o al fútbol cuando no se sabe ni las reglas. O su día del campo, con sus intentos de robar chuletillas a quien las está haciendo, y su sensación de haberlo pasado genial aunque no se sepa muy bien por qué. O su capea (que a mí particularmente no me hace mucha gracia y por eso solo tengo a mis espaldas una). Pero sin duda, lo más intenso y emocionante es el día de becas. Para mí es mi favorito. Hay quien dice que el acto es un rollo, quien ni va a recoger su beca, quien considera que solo merece la pena la fiesta de después. Yo discrepo con ellos. Porque, a diferencia del día del campo, del día del deporte, de la capea, cada año se vive de una forma. Recuerdo mis becas de primero, con la incertidumbre de no saber de qué iba todo aquello, la emoción de ver el vídeo del curso con tus fotos, la ilusión de los primeros premios NaranjaLimón (mi único pececito conseguido), los nervios por el vestido, el peinado, el maquillaje, y dudar si será el correcto o no, las ganas de hacerte fotos con todo el mundo. Me pongo ahora a mirar las fotos de mis primeras becas, con nuestras caritas de teens, y pienso en esa tierna Sara, con añoranza y cierta envidia. Quién pudiera viajar en el tiempo…En primero todo se vive muy intensamente (o por lo menos así lo recuerdo yo). Cada evento era una novedad, desde la primera noche en la que conoces de forma abrupta a tu nueva familia Alfonsina, hasta la última de fin de exámenes, en la que una podía viajar hasta a Noruega a construirse un palacio ;). O el entusiasmo
de ver mi primer artículo publicado en la revista, Y la gente, ¡qué gente! Desde mis compañeros de primer año, de donde he sacado a mis fabulosos amigos, hasta los más veteranos (esos que no vivían en la resi pero parecía que sí), me parecía que no podía estar rodeada de lo mejor del mundo. Realmente creo que es la edad, ese idealismo predominante. Pero sinceramente, yo era feliz en mi mundo idealizado, con mi gente idealizada.
Esta última semana me vino a la mente el recuerdo de ver subir a por la beca a nuestros veteranos de tercero, y pensar, “uff, ¿cómo serán mis becas?” Aunque quizás me refería más bien a cómo sería yo cuando recibiese mi beca. Me parecía que faltaba una vida, y fijaos. Como si de un tren desbocado
se tratase. Al menos nos queda el recuerdo de las vistas. Y como el que no quiere la cosa, llegó a segundo. No sé por qué, pero mi segundo es como el hijo mediano de una familia. El año de ser seminuevo. De no ser mayor pero tampoco la novedad. No digo que sea malo, ni el peor año, tan
solo diferente. Seguramente son las becas menos emotivas para mí, eso sí que es verdad. Ya sabía de qué iba todo aquello, no me pillaba de nuevas: discursos, premios deportivos, el look apropiado. También es cierto que lo vivía de una manera más participativa, tras el “zoom” de una cámara fotográfica. Saqué a la luz mis dotes de camarera junto a mi Sarina en esa barra arrinconada. Y en esencia, es una buena ejemplificación de mi segundo, donde pase de una actitud más observadora a la acción, a hacer lo que hubiera que hacer para que las cosas de la resi saliesen adelante. El grupo tampoco era el mismo, gente que se fue, gente que llegó. En fin, la ley de la vida. Pensar en mis becas, en mi año de tercero, es pensar en
una especie de final. Acaba una etapa, se cierra un capítulo, pero no se cierra el libro. Creo que ha sido la mejor semana cultural, quizás porque la vivía con un pensamiento constante que me ha acompañado estos días, “¿volveré alguna vez a vivir esto?” ¿Volveré a jugar al volley con mis amigos?
¿Volveré a ganar al trivial con mi mejor equipo? ¿Volveré a alguna fiesta? ¿Volveré a subirme a un escenario a recoger una medalla? ¿Volveré a preparar con prisas las cosas del día del campo tras recordar de improviso que todo cierra el 23 de abril? Es algo que no sé y aunque pueda sentir cierta tristeza ante ello, también ha hecho que lo viva todo más intensamente, con las ganas del primer año, la participación de segundo, y la experiencia que todos conllevan, de una forma más completa. Puede que sean cosas mías, pero me emocionaron las canciones, me emocionó el video, me emocionó el discurso. No soy la misma persona que entró por estas puertas un 14 de septiembre de 2014, cargada de ilusión y de inquietud. Como me decía cierto exresidente hace poco, creces muy rápido Sarita. Y tanto, he acumulado tantas experiencias, lecciones, anécdotas, personas, ideales e ideas estos años… Que pienso en esa chica de 17 años que creía que lo sabía todo, y no puedo evitar esbozar una sonrisa ante su ingenuidad. También siento que mi paso por este lugar acaba. A veces es mejor saber cuándo poner un punto y final a algo y poder simplemente recordar mis días aquí con aquellas personas que han decidido continuar el camino desde este punto conmigo (con risas de por medio, seguro). Al fin y al cabo, como decía Saramago: “Parecía que habíamos llegado al final del camino, y resulta que era solo una curva abierta a otro paisaje y a nuevas curiosidades.

Dejar un comentario