“MIRA ESA, QUÉ DIVINA QUE SE CREE”

Las mujeres somos competitivas. Las mujeres nos odiamos. Las mujeres nos miramos de arriba abajo cada vez que nos vemos por la calle y opinamos. Opinamos, criticamos y, sobre todo, menospreciamos. Lo hacemos constantemente e inconscientemente. Los hombres no. Los hombres no compiten entre ellos. Los hombres no hacen eso. Los hombres no opinan. Y, si lo hacen, no es para criticarse entre ellos, sino para criticarnos. A nosotras. A las mujeres.

Aquí hay algo que no funciona. Aquí hay algo que lleva sin funcionar desde hace mucho tiempo.

Cuando convives con tanta gente y pasas la mayor parte de tu vida universitaria con ella, te expones, entre otras muchas cosas, a la opinión “pública”. Aquí todo se sabe, esto es “radio-patio”. Casi todos nos enteramos de lo que hace y de lo que deja de hacer la gente y hablamos sobre ello (porque en esta residencia somos cotillas por naturaleza) y, por consiguiente, opinamos. Opinamos sin que nadie nos pida la opinión. Y en la mayor parte de los casos, juzgamos y criticamos, creando así una imagen determinada de una persona con la que, probablemente, habremos hablado una o dos veces. Pero por qué será que casi siempre los cotilleos y las críticas afectan a una mujer. Por qué será que decimos y escuchamos más la palabra “guarra” que la de “guarro”. Por qué será que todo el mundo menosprecia a amigas, a compañeras, a mujeres que hacen exactamente lo mismo que amigos, compañeros, hombres.

Yo os diré por qué. Resulta que vivimos en una sociedad marcada por una ideología, llamada machismo (no sé si os suena), que se encarga precisamente de eso, de colocar a la mujer en un segundo plano, infravalorándola, discriminándola y humillándola. Y una de las infinitas consecuencias que tiene este pensamiento en nuestro día a día es la competitividad entre mujeres. Decidme, ¿os habéis cruzado alguna vez con una chica normal y corriente por la calle, la habéis mirado de arriba abajo y habéis dicho a vuestra amiga “qué pinta nos lleva”? ¿Y a que vuestra amiga se ha reído y os ha dicho “ya tía”? ¿Alguna vez algún amigo os ha dicho que una chica le parecía guapa y le habéis contestado “pues no es para tanto”, “a mí sin más, muy normalilla” cuando, en alguno de los casos, también pensabais que era guapa? Y bueno, ya no os quiero ni preguntar por las relaciones. Seguro que si algún novio de alguna amiga -o tu propio novio- le ha sido infiel, habéis odiado, criticado, cotilleado, insultado y menospreciado a la
tercera chica en cuestión cuando en el fondo todos sabemos que la única persona en la historia que merece ser criticada y juzgada es el susodicho. O bueno, no tiene ni por qué haber habido infidelidad, con tal de que tu novio mire a una chica por la calle, ya la cruzamos de por vida. ¿O me equivoco?

Bien, todas estas situaciones cotidianas, por absurdas y estúpidas que os parezcan, son una prueba más de que las mujeres, y más las jóvenes, vivimos en un mundo en el que no podemos vivir tranquilas. No podemos hacer lo que nos da la gana porque sabemos que en la puerta de enfrente hay alguien mirando y juzgando. Algunas decidimos pasar de las críticas y vivir a nuestra manera, pero sabemos que seremos las primeras en ser insultadas. Afortunadamente, existe un método para combatir esta competitividad que marca, aunque no os lo creáis, nuestras relaciones con nuestras amigas y con el resto de las mujeres. Se llama sororidad. El término “sororidad” se refiere al apoyo, a la coexistencia, la solidaridad, la unión, respeto y amor entre el género femenino. No se trata de ser todas amigas de por vida, sino de ponernos en el lugar de nuestras compañeras y pensar que igual no merece la pena pasarnos el día cotilleando perfiles de Instagram o mirando por encima del hombro al resto. De qué nos sirve odiarnos. De qué nos sirve criticarnos si al fin y al cabo a todas nos afecta de una manera u otra la desigualdad. Tenemos que ser conscientes de que el resto de mujeres no son nuestras rivales, no son nuestras enemigas, son nuestras compañeras. Tenemos que apoyarnos, tenemos que levantar la voz cada vez que un amigo o amiga esté humillando, menospreciando o ridiculizando a otra mujer simplemente por el hecho de ser mujer y vivir como ella quiere.
Cómo vamos a luchar juntas por la igualdad si somos nosotras las primeras en declararnos la guerra.

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