THE ROLLING STONES

Dicen que son inmortales. Entre los cuatro suman más de 300 años. Su nombre es sinónimo de exceso, drogas y…, por supuesto, de rock and roll. No me lo pensé dos veces cuando me enteré de que sus Majestades Satánicas regresaban a España con su gira “No Filter” y me hice con una entrada allá por el mes de mayo, pues aún estaba arrepentida de no haber acudido a su último concierto en Madrid en 2014.
Así que el pasado día 27 de septiembre, emprendí un viaje relámpago hacia Barcelona. Era un día soleado y el ambiente estaba bastante distendido a pesar de la proximidad de la polémica consulta del día 1. Ya avanzada la
tarde, subimos hacia el Estadio Olímpico para ocupar nuestro asiento en la grada.
Tras la actuación de los teloneros, el grupo valenciano “Los Zigarros”, la que me perdí casi en su totalidad porque
me encontraba haciendo una interminable cola en el bar, el escenario comenzó a iluminarse. Eran poco más de las 9 de la noche cuando el escenario comenzó a emitir humo y se iluminó por completo de rojo. Desde esa neblina emergió, como salido de los infiernos, sir Mick Jagger ataviado con una americana de lentejuelas, moviéndose grácil cual gacela para comenzar con “Sympathy For The Devil”.
El estadio, en el cual no cabía un alma más, enloqueció. Aproveché el momento de éxtasis general para mirar a mi alrededor.

Tras años acudiendo a conciertos de rock, aún me sorprende y emociona la capacidad de congregación de esta música, pues divisaba gente de todas las edades y razas: familias, parejas, gente con ojos brillosos y sonrisas sinceras, y no conseguí imaginar otro tipo de evento que fuera capaz de reunir a tal variedad de público, teniendo en cuenta los tiempos que corren. Incluso miré por un momento a mis amigos, a los cuales también conocí gracias a la música, y puede que hasta soltara alguna lagrimilla.

Para el siguiente tema, “It’s Only Rock And Roll”, ya podíamos divisar con más claridad sobre el escenario al resto de componentes: el gran Keith Richards con su inconfundible cinta en la cabeza; Charlie Watts, impasible a la batería; y el jovial Ronnie Wood bailando de un lado a otro con su guitarra. Tras ellos se situaban el resto de músicos en los teclados, bajo y saxofón, además de los coristas. El sonido era realmente bueno, pues en estadios al aire libre la reverberación del sonido produce un desagradable efecto, pero esa noche todo parecía funcionar.
A lo largo del recital, recorrieron los grandes éxitos de sus más de 50 años de carrera, en los que también se colaron temas como “Just Your Fool” y “Ride ‘em On Down”, de su último álbum de versiones. Incluso el propio Mick Jagger
tuvo tiempo para comentar lo mucho que le gustaba la ciudad y la butifarra que había comido ese día.
Del mismo modo que las canciones se iban sucediendo, también lo hacían las vestimentas de la banda, siempre estrafalarias, proliferando los estampados y lentejuelas. Sí, efectivamente, la ropa que se pone tu abuelo cuando va a jugar al mus.
En el ecuador del concierto, tras “Honky Tonk Women”, procedió Mick a presentar a sus compañeros, quienes recibieron largas ovaciones, destacando por encima de todas la de Keith, el cual, visiblemente emocionado, dio las
gracias al público. A continuación se acercó al micrófono para interpretar “Happy” y “Slippin Away”, deleitándonos al finalizar con un emotivo solo de guitarra.
A medida que se acercaba el final, inexplicablemente parecía que estos cuatro señores, lejos de mostrar signos de agotamiento, se revitalizaban. Al interpretar “Brown Sugar”, el señor Jagger se marcó una coreografía en el escenario moviendo brazos y caderas, que todos los asistentes intentamos imitar, por supuesto sin tanto estilo. A esas alturas yo, y cualquiera que hubiera bailoteado toda la noche, me encontraba ya exhausta en mi asiento, pero aún quedaba la última canción, la archiconocida “Satisfaction”, que concluyó con unos impresionantes fuegos artificiales.
Tras despedirse del público y recibir un larguísimo aplauso, los músicos se retiraron y en la pantalla apareció
el célebre logo de la lengua acompañado de un “hasta luego”. Tras algo más dos horas de show, de letargo, de
pausa, de desconexión de nuestra cotidianeidad, tocaba volver a la realidad. Bueno, todavía no. De nuevo, a la salida pude ser testigo de la magia de la música.
Miles de personas descendíamos de Montjuic ebrias de felicidad (algunos de algo más), mientras entonábamos algunos de los temas o cambiábamos impresiones acerca del recital. No importaba si nos conocíamos o no.
No había espacio para nacionalismos.
La noche catalana era larga y albergaba fiestas post-concierto aún siendo miércoles. Las preocupaciones podían esperar al día siguiente.

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