LA SINRAZÓN

La identidad catalana se podría decir que surge en el 1000 d.C. cuando los territorios del sur de los Pirineos se independizan del dominio musulmán con ayuda de los carolingios y nace la llamada Marca Hispánica. Pero no es hasta el siglo XIX cuando surge el Catalanismo: una doble identidad entre el apego por la lengua y las tradiciones. Y la integración en la nación política.Desde entonces, se intentó proclamar una diada y, en dos ocasiones, una primera república dentro de La República Federal española, en 1931 y 1934.

Pero principalmente los nacionalistas utilizan la historia cuando se remontan a la Guerra Civil, presentándola como una guerra entre España y Cataluña. De esta forma, solamente se deforma la historia ya que el 90% de la oligarquía catalana era franquista. Pero cuando no hay un pasado que resulte adecuado, siempre es posible inventarlo.

Es cierto que, durante el Franquismo, Cataluña recibió una mayor presión, sumada a la propia de una dictadura porque la cultura castellanista solo consiguió desprestigiar el sentimiento de españolidad en Cataluña.

El problema más bien radica en los últimos 30 años en los que se ha dado una difusión nacionalista del pasado. Han presentado a Cataluña como un ente que existe desde tiempos inmemorables y que no ha hecho más que sufrir por otro ente malévolo llamado España. Y a eso se le ha sumado el adoctrinamiento permisivo en las escuelas, cuyos efectos están a la vista.

Me gustaría comprender cómo un colectivo se puede sentir tan superior como para justificar su independencia en que otros lo arrastren a sus defectos y carencias. Exacerbando las diferencias, aquellas en las que deberían de encontrarse más virtudes por tener un país tan rico culturalmente, para insultar y menospreciar,
la única forma en la que perdemos todos. No solamente perdemos dinero, sino que volvemos a fracturar la convivencia y a hacer dos Españas en la que cada uno se dedica a insultar a la otra mitad.

Una vez llegados a este punto, si un ciudadano incumple la ley se le juzga, pero, ¿qué pasa cuando lo hace un colectivo? Nuestras leyes, con todo lo imperfectas que sean, son las que nos permiten vivir en paz y en relativa prosperidad. Borrell lo explicó en el discurso secesionista que dio en la manifestación de Barcelona del 8 de octubre: “ninguna multitud, por mucho que grite, está por encima de la ley porque, el día que esté por encima de la ley, los jueces no podrán hacer su trabajo, nadie estará a salvo de la arbitrariedad del Gobierno y nadie estará a salvo de lo que le puede hacer su vecino”. Además, no se puede alentar a una sociedad a incumplir las leyes amparándonos en unas minorías porque correremos el riesgo de marchar hacia atrás muchos años. Y en caso de que se consiga un Estado catalán que ha surgido incumpliendo la ley, ¿cómo pretenden obligar a sus ciudadanos a cumplir la ley las mismas personas que no lo han hecho?

Un territorio no se separa, se separa su gente y a lo largo de la historia solo ha habido independencias de territorios con acuerdos o con guerras. Esto que está sucediendo ahora mismo no puede solucionarse mediante acuerdos porque incumplen las leyes que podrían amparar dichos acuerdos, por lo que solo queda una solución. Otra cosa es que se cambien las leyes pero por la vía pacífica solo se cambian leyes contando con la mayoría
y ellos no la tienen.

Demasiadas incongruencias que volverán a poner a prueba la fuerza de nuestra nación.

Como solución, por todos los medios racionales posibles, hay que persuadir a los catalanes de que el nacionalismo es uno de los peores enemigos que tiene la libertad y que este período debe quedar atrás.

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