CADENA PERPETUA

Desde el famoso caso todavía en vilo de Marta del Castillo hasta el terrible desenlace que sufrió el pequeño Gabriel Cruz, pasando por el más que mediático proceso de “la Manada”. Todos estos y muchos más deplorables sucesos llenan a día de hoy las portadas de periódicos e informativos, los cuales hacen uso de una manera sensacionalista y poco rigurosa de los más duros delitos que tienen lugar en nuestra sociedad.

Nos encontramos ante un panorama de efervescencia infor- mativa, de falta de empatía hacia las víctimas más directas y, como no, del auge de asociaciones cuyo componente político e ideológico defiende medidas como la de la prisión permanente, empleando para ello técnicas populistas que se han aprovechado de la actual alarma social, ocultando los defectos y deficiencias de penas como las de este tipo.

El famoso tema de la pena de prisión permanente, también conocida como cadena perpetua, se ha convertido en un asunto que ha llegado a plantear un auténtico debate no solo dentro del Congreso de los Diputados, lugar en el que hemos asistido a una más que vergonzosa disputa en la que los grupos políticos hacían uso de esta gravosa sanción criminal en atención a la situación de oportunidad política que todos conocemos, sino que también ocasiona acaloradas discusiones entre grupos de amigos y conocidos en las que siempre alguno de los presentes cree conocer la fórmula mágica para reducir los índices de criminalidad en España.

En innumerables ocasiones he escuchado a personas defen- der la necesidad de que la pena de prisión permanente debe ser aplicada de manera inmediata a los autores de los delitos que más controversia suscitan en los medios de comunicación, que todos los presos son puestos en libertad sin apenas cumplir parte de sus condenas, que los centros penitenciarios son maravillosos “hoteles 5 estrellas” y que, si por ellos fuera, aplicarían la pena de muerte a todo aquel que desde su criterio moral lo merezca.

A propósito de todo esto es necesario recordar que la pena de prisión permanente revisable ya existe en nuestro Ordena- miento Jurídico y que esta es aplicada por Jueces y Tribunales desde el año 2015. Si bien es cierto que el Código Penal única- mente prevé la imposición de esta pena para un número delimi- tado de delitos en atención a su especial gravedad. Se trata de una pena que es puesta en práctica a pesar de los numerosos debates doctrinales acerca de su constitucionalidad. Aprove- chando esto último, me gustaría aportar brevemente mi punto de vista personal, y es que veo totalmente innecesaria una medida como esta ya que no son respetados los fines y garantías pena- les, vulnerándose el principio de proporcionalidad, culpabilidad y legalidad, contribuyéndose a una total incertidumbre por parte del condenado, el cual conoce el momento en el que entra en prisión pero no cuándo será puesto en libertad. Una privación de libertad tan prolongada (su duración mínima es de 25 años) que, lejos de contribuir a los fines de resocialización y reeducación del penado, da lugar a la destrucción de su personalidad, por lo que debería de optarse por otras medidas igual de eficaces y menos lesivas. Así mismo, España cuenta con uno de los sistemas de penas pri- vativas de libertad más largas, siendo además uno de los países donde más se cumplen las condenas. Teniendo en cuenta que en nuestro Estado las estadísticas de criminalidad son las más bajas de Europa, y que no hay un problema de delitos violentos graves, considero que esta pena no es necesaria.

Tras esta breve información, creo que es importante que, ahora más que nunca, seamos especialmente objetivos cuando nos enfrentemos ante aquellas noticias cargadas de elementos sensacionalistas que tratan de convertir a los lectores en jueces inquisitoriales que imponen su idea de justicia, la cual constituye un concepto moral, sobre la de los demás. Que confiemos en el sistema penitenciario, el cual, a pesar de sus indiscutibles erro- res, es aplicado con bastante efectividad. Y que nos alejemos de ese ideal utópico de justicia al que únicamente puede llegarse mediante la basta aplicación del “ojo por ojo, diente por diente”.

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