LOS PUEBLOS SE MUEREN, MI PUEBLO SE MUERE

Yo soy de Cilleruelo de Abajo, un pequeño pueblo situado a 60km de Burgos y a 40km de Aranda de Duero. En el censo somos 220 personas, pero a la hora de la verdad, viviendo 150. Siempre me han vacilado sobre si vivía en una aldea, donde no llega el wifi, donde nos paseamos en burro y hay más tractores que personas.

La verdad es que nunca me había podido quejar de mi pue­blo, debido a que teníamos de todo: colegio, médico, farmacia, piscinas, entidades bancarias, bares… Pero en cosa de poco tiempo todo esto ha cambiado.

Mi etapa escolar la realicé en el pueblo. Había solo dos cla­ses y nos separaban en mayores y pequeños. Cuando llegué a 6ª de primaria nos cerraron una, así que ese año estuve en la misma clase con los de infantil conviviendo 9 niños de 6 cursos diferentes.

La escuela se hubiera cerrado sino hubieran traído familias de acogida.

Había dos entidades bancarias: la Caixa, que abría dos días a la semana e lbercaja, un día. En la primera siempre había colas de gente, pero aun así decidieron reducir a abrir solo un día. De esta manera, el día que decidieras ir te tenías que men­talizar de que ibas perder toda la mañana. Finalmente, a los directivos no les parecía rentable los gastos que ocasionaba mantener una persona toda la mañana en la oficina, así que la han cerrado. De un día para otro, así, sin previo aviso nos vimos sin la Caixa. Como solución traen un autobús donde a veces ni funciona el wifi y donde los ancianos no son capaces de subir las escalas de este.

También teníamos farmacia. Pero a finales del año pasado el farmacéutico decidió cambiar de plaza y por el número de habitantes no se puede abrir otra. Ahora cada vez que tenemos una receta la dejamos en un buzón y una persona del ayunta­miento tiene que recogerlas e ir al pueblo más cercano a com­prarlas. A las 5 de la tarde se hace el reparto de las medicinas. Estamos a expensas de un botiquín, solicitado ya hace 6 meses; pero a la Administración parece que no le corre prisa.

Nuestro médico está a punto de jubilarse. Cuando este lo haga, vendrá otro con las horas reducidas. Probablemente vamos a pasar de tener médico los cinco días a tener solo tres.

La despoblación es una realidad que afecta a todo el país. En vez de recibir ayudas o subvenciones, nos quitan los pocos servicios que tenemos. Esto acelera el abandono de los pue­blos, debido a la falta de oportunidades. Hay que luchar para impedirlo.

Los pueblos no son solo para el verano. Para que haya fies­tas y actividades, es necesario que viva gente en ellos, también en invierno para mantener lo poco que nos queda.

A pesar de todo esto, mi infancia ha sido muy bonita, y no la cambiaría por nada del mundo; pero cuando empiezas a crecer, vivir en un pueblo pequeño se hace duro. Como me decía mi mejor amiga:» nuestra vida va a comenzar cuando vayamos a la universidad,  podremos ir al cine, a inglés, al gimnasio… «.

Cuando llegó la hora de irme a Valladolid, me dio mucha pena. No era por dejar el pueblo, porque sabía que iba a volver, lo que me entristecía era saber que ya nunca más iba a poder vivir de manera permanente como lo había estado haciendo debido a la falta de oportunidades laborales, servicios y personas.

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